Quizás a muchos les ha pasado, el hecho de llegar a ese instante en que, a pesar de ser adictos a los detalles y a los pequeños momentos efímeros, nos encontramos dando vueltas en la corriente, como un autómata más de aquel ejército que diariamente recorre las calles de luminosas ciudades, con el rostro en blanco y la expresión olvidada en cuentos de antaño.
Puede ser bastante desagradable llegar a ese momento, pero sólo si realmente aprecias el escape a tu mundo interior, pues de no ser así te encontrarás en una situación tan agradable y familiar que no generará ruido alguno en tu circuito personal.
Cuando ese ruido sí aparece, es cuando realmente nos damos cuenta de que por un momento nos quedamos completamente dormidos, olvidando la esencia de quienes suelen observar el cielo, de quienes se detienen a contar los colores del diminuto cristal enterrado en la retina, y de quienes no dudan en recoger aquel trébol de cuatro hojas que sólo ellos podrían divisar.
La pregunta es: ¿qué nos impulsa a cerrar los ojos?... Pues podría ser -en algunas ocasiones- comodidad de la vida “sencilla”, que quizás nada tiene de sencilla, pero que si evita los constantes cuestionamientos que por lo general te mantienen en un eterno insomnio, aquel que te ayuda a crear, a fluir, a volverte un tanto demente a ratos y a sentir la libertad de tener un mundo propio en el cual nadie más que tú puede ingresar.
Ahora bien, si realmente somos capaces de cerrar los ojos ante aquella libertad, quizás es por el cansancio que esta implica, ya que asumir la capacidad de elegir se ha convertido en un verdadero desafío para quienes juegan entre la realidad social y la personal sin olvidar las raíces de la imaginación.
A la larga, el peso de tener tanta libertad en las manos, de decidir absolutamente cómo construyes tu mundo, y de crear la realidad al antojo del caos interno, genera una fatiga que nos hace olvidar aquellos detalles que nos mantienen vivos.
¡Pero rayos!, a ratos se convierte en una verdad el asumir que “cansa el hecho de estar vivo”, y por muy extremo que suene, el tinte de aquella frase es más cierto que las marcas del tiempo, pues el tomar las riendas de una historia que se escribe sin detención es como tratar de instalar nubes de papel en la puerta de un tren en movimiento.
Cansa el asumir los hechos, cansa el crear la vida, cansa el decidir los caminos, cansa el asumir el peso del día mientras seguimos pintando el cielo a nuestro antojo con la tinta cayendo en nuestros ojos y el calor de la tarde ardiendo en nuestros dedos.
En lo personal, prefiero morir de cansancio a volver a dormir entre un marea de autómatas que olvidan lo mágico de sentarse en el pasto a conversar con la brisa del atardecer.